La casa de mi Padre.

” Mi hijo estaba en Las Vegas con uno de sus amigos y regreso a casa. El no regreso a casa anoche. Y yo no quiero oraciones. Yo no quiero mas consolaciones. . Yo quiero control de armas y le pido a Dios  que nadie más me envie plegarias. Yo quiero control de armas. No . Más.  Armas! ”

Así empezó la entrevista una madre de un hombre joven  muerto en la masacre de California el dia de ayer. Es un grito desesperante. Es un grito de angustia . Esta madre se refería a que su hijo se había salvado de la matanza en Las Vegas ocurrida a finales del 2017- pero que de esta masacre – no se había salvado.

Ese grito de dolor es el mismo que se ha escuchado repetidamente en los Estados Unidos después de cada masacre. Una y otra vez nos vemos obligados a experimentar el dolor humano y la tristeza absoluta. El sentimiento de impotencia nos embarga ya que nos preguntamos: “Señor, hasta cuando?”

Pero es un grito de angustia que se pierde y se esfuma porque no llega a los que tienen el poder para cambiar las leyes de armas en el país. Es doloroso pensar lo que ha pasado en nuestra casa.

El Evangelio de hoy nos muestra vivamente a Jesus sacando de su casa -del templo de Jerusalén- a los mercaderes y cambistas. Y entonces olvidamos que esta es nuestra casa. El mundo entero es nuestra casa. La casa que Dios nos ha dado para vivir, dominar y cultivar. Hemos convertido nuestra casa en una cueva de ladrones. Hemos destruido nuestra casa con el abuso, la falta de  moral, el pecado, la falta de compromiso social, la destrucción de los valores morales y toda cuanta porquería se encuentra en el mundo. Mientras los políticos y no solamente ellos sino todos nosotros no adoptemos una  conciencia  moral basada en la base firme del Dios vivo, nuestra casa seguirá aporreada por los que que con sus acciones la destruye. Las consecuencias son nefastas, gravísimas. Las consecuencias se materializan vivamente cada vez que experimentamos este tipo de hechos  Ese grito de dolor de esta madre se identifica con la angustia del Señor Jesús limpiando su templo y se identifica con el dolor inmenso que se palpa en los que gritan y experimentan más de cerca estos acontecimientos.

Debemos empezar a  limpiar la casa de nuestro corazon para asi poder limpiar la casa que Dios nos dio para vivir y cultivar. OB

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